En la parte final del Paseo del Prado y la avenida del malecón habanero, en el denominado Parque de los Mártires, se puede apreciar un fragmento de la edificación que fue la cárcel donde José Martí resultó encerrado tras haber sido condenado a seis años de presidio y la realización de trabajo forzado el 4 de marzo de 1870.
Un mes después cuando ya iba a ser trasladado hacia este lugar en emotivos versos dejó constancia de su firmeza al expresar:
Voy a una casa inmensa en que me han dicho
Que es la vida expirar,
La patria allí me lleva. Por la patria,
Morir es gozar más.
Desde 1836 comenzó a funcionar esta cárcel en el Paseo del Prado en La Habana.
Con antelación, a través de casi dos siglos, las instalaciones carcelarias en la ciudad ocuparon distintos sitios.
Después de haberse desencadenado en Cuba la guerra por la independencia en 1868 allí resultaron encerrados cientos de patriotas.
En esta cárcel fue recluido José Martí durante varios meses en el año 1870 hasta que gracias a las gestiones que realizara un influyente amigo de su padre se logró su excarcelación al serle conmutada la condena original por la de su deportación primero hacia Isla de Pinos y después hacia España.
Desde este lugar diariamente mientras padeció el presidio el joven Martí tuvo que trasladarse encadenado y a pie hasta donde se localizaban las Canteras de San Lázaro, distantes algo más de dos kilómetros.
En 1871 cuando se hallaba en España y al escribir un folleto titulado “El Presidio Político en Cuba” Martí comentaría en torno al viaje de ida y vuelta que tanto él como sus compañeros del presidio debían realizar.
Y señaló al respecto: “¿Qué es aquello? Nada. Ser apaleado, ser pisoteado, ser arrastrado, ser abofeteado en la misma calle, junto a la misma casa, en la misma ventana donde un mes antes recibíamos la bendición de nuestra madre, ¿qué es? Nada. Pasar allí con el agua a la cintura, con el pico en la mano, con el grillo en los pies, las horas que días atrás pasábamos en el seno del hogar, porque el sol molestaba nuestras pupilas, y el calor alteraba nuestra salud.”
Y expresó además Martí al describir la terrible realidad del presidio en Cuba: “Volver ciego, cojo, magullado, herido, al son del palo y la blasfemia, del golpe y del escarnio, por las calles aquellas que meses antes me habían visto pasar sereno, tranquilo, con la hermana de mi amor en los brazos y la paz de la ventura en el corazón.”
En forma elocuente, dejó constancia de su solidaridad con sus compañeros en el presidio como un principio esencial que tendría presente en distintas etapas de su breve pero fecunda existencia.
Manifestó: “Si los dolores verdaderamente agudos pueden ser templados por algún goce, sólo puede templarlos el goce de acallar el grito de dolor de los demás. Y si algo los exacerba y los hace terribles, es seguramente la convicción de nuestra impotencia para calmar los dolores ajenos.”
Y además expresó lo que sentía cuándo podía hacer algo para aliviar la pena ajena: “Yo suelo olvidar mi mal cuando curo el mal de los demás. Yo suelo no acordarme de mi daño más que cuando los demás pueden sufrirlo por mí”.
Más que hablar de sí mismo, Martí denunció las atrocidades cometidas por las autoridades españolas contra varios de los que junto a él padecían las atrocidades en el presidio, entre ellos un anciano y varios adolescentes.
E igualmente planteó algunas consideraciones sobre sus padecimientos en el presidio al detallar de manera significativa: “Sufrir es quizás gozar. Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera.”
Y también al referirse al sufrimiento de los demás Martí manifestó: “¿A qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de sufrimientos, si otros han sufrido más que yo? Cuando otros lloran sangre, ¿qué derecho tengo yo para llorar lágrimas?”.














