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Fidel, una criatura excepcional (Primera Parte)

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 “He vivido, enseñado y aprendido en muchos países, publicado más de veinte libros, conversado con centenares de personas, pero nada fue, ni desde lejos, tan importante como haber conocido a Fidel”, confesó el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, a menos de dos meses de su muerte, en su última entrevista.

Solo por el hombre del que hablaríamos aquella tarde de mayo él aceptó la entrevista. Fue hace apenas tres meses cuando llegamos a su casa del Vedado, allá por las calles H y 23, y desde el saludo de su hija en el portal comprendimos que Roberto Fernández Retamar, uno de los intelectuales más lúcidos de Cuba, no estaba bien de salud, pero a pesar de ello nos recibiría para ir tras sus recuerdos y anécdotas de Fidel.

No fue la nuestra una conversación de butacas y tazas de café, sino una mucho más íntima, de esas donde los hombres se abren el pecho a todo dar y sacan de lo más hondo las palabras que quieren que el viento no se lleve y perduren como escritas en las piedras. Allí, donde atrapó los últimos sueños y desvelos encontramos a Retamar, enfermo, acostado en su cama, rodeado de libros, pero lúcido y decente como siempre.

“Dentro de unos días voy a cumplir 89 años, edad a la que llegaré si los dioses son propicios, porque últimamente me han ocurrido muchísimas cosas”, fue de las primeras ideas que nos dijo; y así, como robándole minutos a la vida durante casi dos horas lo escuchamos hablar del Fidel que vio por vez primera en su juventud universitaria, y del guerrero, estadista e intelectual que nació y creció en la lucha revolucionaria, y se convirtiera después en su amigo.

A sus 88 años entre letras y batallas, Retamar confesó que había vivido, enseñado y aprendido en muchos países, publicado más de veinte libros, conocido centenares de personas, pero nada fue, ni desde lejos, tan importante como haber conocido a Fidel, “una criatura absolutamente excepcional que, para mí, solo es comparable con Simón Bolívar y con José Martí, esa es la tríada gigantesca de nuestro continente.

Roberto Fernández Retamar (RF): Hace poco me pidieron que inaugurara una actividad en la Casa de las Américas, por el sesenta aniversario. No podía hacerlo —estoy encamado por problemas de salud—, pero yo había grabado algo, y pasaron esa grabación, en la que yo terminaba mencionando esa extraordinaria observación de Carlos Marx de “el viejo topo de la historia”.

Marx decía que la historia tiene más imaginación que nosotros, y hay el viejo topo de la historia, que uno no sabe dónde está trabajando. Y entonces, yo ponía el ejemplo: bueno, fuera de Fidel y algunos héroes legendarios, ¿en 1958 quién hubiera dicho que meses después se iba a desatar una de las grandes revoluciones de la historia? ¡Nadie! Bueno, Fidel sí.

Elier Ramírez (ER): Hasta el punto de que ya en abril de 1961 se estaba declarando el carácter socialista de la Revolución, mucho menos imaginable, ¡era un imposible!

RF: O sea que realmente creo, como Marx, que la historia tiene más imaginación que nosotros y creo en “el viejo topo de la historia”. No sabemos en qué país, en este momento, está ocurriendo algo que puede desembocar en una cosa extraordinaria, así ha pasado.

El 24 de octubre de 1917, nadie en Petrogrado pensaba que unas horas después iba a estallar la Gran Revolución. Pero Lenin posiblemente sí. Lenin, como Fidel, vio lejos, ¿no? Había quien decía, hubo un gobernante de Argelia que decía: Fidel va al futuro, regresa y luego lo cuenta (Risas).

ER: Buteflika.

Roberto, yo creo que le explicaba, más o menos, lo que estamos haciendo, la intención que teníamos de empezar a hacer todas las entrevistas que podamos de vivencias, anécdotas, valoraciones sobre Fidel y sobre todas las personas que compartieron, en alguna medida, su época, compartieron con él, porque nos parece imprescindible para hoy y para el futuro.

RF: ¿Tú recibiste el libro, que tiene un texto tuyo y yo le hice el prólogo?

ER: Sí, cómo no, con el prólogo, excelente el prólogo suyo, los trabajos también.

RF: Muy bueno, útil, realmente.

ER: Se presentó en la Casa de las Américas, yo estuve allá.

RF: Lo malo que tiene ese libro que, realmente, me disgustó mucho, es la portada. Siendo Fidel un hombre de aspecto tan extraordinario, las fotos de Fidel son memorables, solo comparables con las fotos de Mella que hizo Tina Modotti, o algunas del Che; por qué hacer un dibujo malísimo, en lugar de una foto.

ER: A mí tampoco me gustó la portada. Una portada fría, incluso.

RF: Fría, fría completamente. Pero el libro es útil.

ER: El contenido está muy bueno.

RF: El libro es útil, el trabajo ahí es bueno, realmente. Y hay que hacer muchas cosas de esas, hay que mantener viva la memoria de Fidel. Se murió, como se murió Bolívar, como se murió Martí. Pero sin Martí no podríamos vivir, y sin Bolívar tampoco.

ER: Ciertamente.

RF: Es decir, Martí sigue siendo… Ya sabemos que todo el mundo se muere; pero no todo el mundo desaparece.

Yo estoy ahora leyendo mucho sobre Martí, de nuevo, me he pasado la vida leyendo sobre él, desde que yo tenía 12 años, porque me han pedido el prólogo del Diario de Campaña, traducido al francés. Me estoy leyendo muchas cosas y me he encontrado algunas sorpresas. Me he llevado algunas sorpresas.

El Diario de Martí, el llamado Diario de Campaña. Bueno, le han llamado ahora Diario de Campaña a dos diarios, el que él escribió de Santo Domingo a Cabo Haitiano, y el que él escribió de Cabo Haitiano a Dos Ríos, que es el auténtico Diario de Campaña. Entonces, ese último no apareció. Y en el año 1941 —aunque dice la portada que es en 1940, pero el colofón dice que es en 1941— apareció el Diario de Campaña de Máximo Gómez y, sorprendentemente, en el Diario de Campaña de Máximo Gómez, aparecía estampado el Diario de Campaña de Martí.

Evidentemente, un combatiente llamado Ramón Garriga —que era el que tenía el diario—, se lo dio a Gómez, como es natural, y Gómez hizo lo que tenía que hacer, lo cogió.

Entonces, yo tengo ahí la primera edición del Diario de Campaña de Gómez, que he leído muchas veces. Gómez que, por cierto, también era una criatura excepcional. No, y Maceo, ¡eran extraordinarios! Parece mentira que Cubita haya dado tanta gente maravillosa. En ese diario aparece el Diario de Martí. Pero el día 6 de mayo —o sea, el día siguiente de la reunión en el ingenio Mejorana—, aparecen ahí cuatro páginas en blanco, es uno de los grandes misterios de la historia de Cuba. ¿Qué pasó con esas cuatro páginas, las arrancó Martí, las arrancó Garriga, las arrancó Gómez? No se sabe.

ER: ¿Los familiares de Gómez? Ahí no se sabe, sería especular.

RF: Pero, hace un tiempo, en el anuario martiano, cuando lo dirigía —que lo dirigía muy bien— Cintio Vitier, salió un trabajo de una persona que no conozco, que se llama Abdiel Berrío y él sostiene ahí una tesis bastante impresionante. Dice que muerto Martí el día 19, inmediatamente Gómez, que no pudo vencer a Sandoval —porque tenía una tropa grandísima—, regresó.

Gómez le había dicho a Martí: “Quédese aquí”, prácticamente le había dado la orden de que no se incorporara a la lucha, lo que era lógico; pero Martí no hizo caso, y a Martí después lo mataron.

Cuando regresa Gómez, busca a Martí, no lo encuentra y le cuentan lo que ha ocurrido. Gómez queda desolado, y al día siguiente, un periodista norteamericano —los periodistas norteamericanos estaban en las tropas cubanas— le hace una entrevista a Gómez. Y recuerdo que en esa entrevista —que salió en un periódico norteamericano famoso, pero, además, se tradujo y salió en La Habana y también en muchos lugares, traducido— Gómez dice: “Si Martí se hubiera quedado conmigo, estaría vivo.” Él estaba vestido —no estaba vestido de campaña— con bombín, zapatos y todo, porque él debía salir hacia los Estados Unidos.

Parece que en Mejorana —eso no se dice, esas cuatro páginas arrancadas tienen un misterio particular—, parece que en Mejorana, Gómez y Maceo acordaron, una cosa que es hasta cierto punto irracional, que Martí no pintaba nada en la guerra y era fundamental en la preparación; pero, por otra parte, Martí no quería que lo acusaran de ser un guerrero de salón. La lucha es complicada, y parece que Martí, incluso, le dice a Maceo: “Bueno, déjeme escuchar el primer tiroteo, por lo menos.”

Bueno, lo cierto es que Martí está vestido, y por eso… A mí me llamaba la atención… Hay una escultura que hizo una norteamericana —que Eusebio Leal trajo aquí—, de Martí muerto a caballo, y está vestido con traje de gala. Y yo me dije: Esta mujer se equivocó. Martí estaba vestido como… No, no se equivocó, Martí estaba vestido con traje de gala, porque se iba, efectivamente, para Jamaica, posiblemente vía Santiago. Entonces, eso ha quedado así en el aire.

No sé si tú conoces un libro francamente maravilloso, de un autor joven llamado Froilán Escobar, ese libro lo conocen pocos, se llama Martí a flor de labios.

ER: Martí a flor de labios, ¡lindísimo!, yo lo leí.

Wilmer Rodríguez (WR): Hace unos 20 años que se editó, en el noventa y tantos.

RF: Es un libro increíble.

ER: Pero se volvió a editar creo en los 2000, por la editorial Abril.

RF: Dice Cintio: “este libro es un prodigio…”

ER: Martí a flor de labios, es precioso.

RF: “…el único que lo hubiera podido prologar es José Martí” (Risas).

Entonces, en una de esas conversaciones de los muchachos, una de las últimas, un muchacho cuenta que Martí está vestido de calle, porque se iba, salía de Cuba. O sea, una versión más de que se iba.

Siendo así las cosas, ¿qué llevó a Martí a lanzarse a la batalla? Quería morir en batalla y no morir fuera, que le hubieran dicho horrores: cobarde, abandonó la guerra. Él sabía todas esas cosas, los enemigos lo iban a tratar… Entonces, entre esa opción y morir peleando, él prefería morir peleando; el revólver que llevaba no disparó una sola bala.

Entonces, esto no voy a tratarlo en el prólogo del Diario, pero me ha conmovido mucho leer todos esos materiales.

ER: ¿Usted ha leído Dos Ríos: a caballo y con el sol en la frente?, de Rolando Rodríguez.

RF: Sí, sí.

ER: Porque él encontró los papeles que llevaba Martí arriba. Incluso él maneja la hipótesis de que Martí quería presenciar, escuchar las balas, dar el ejemplo. Martí decía: “Yo evoqué la guerra, mi deber empieza con ella, lejos de terminar”, pero que quería incluso llegar a Camagüey, a hacer gobierno en Camagüey y después entonces valoraría su destino.

RF: Así le dice a Mercado. Llevaba la carta a Mercado encima. Esa carta nunca la conseguimos los cubanos, esa carta la consiguió un militar español que se llama como nuestro amigo, Enrique Ubieta, supongo que no tiene parentesco ninguno, pero, bueno… Y este español, como español —como entonces se decía— pundonoroso, guardó todos los materiales de Martí e hizo publicar la carta a Mercado, y así la conocimos nosotros, que no tenemos la carta, pero que quedó inconclusa: “…Hay afectos de tan delicada honestidad…” Ahí termina. Entonces, me ha quedado la duda de si realmente era así, si Martí estaba obligado a irse. Porque todo el mundo tenía razón ahí, Gómez y Maceo tenían razón, porque, ¿qué pintaba Martí en medio de la guerra? Y Martí tenía razón, porque él quería estar en la guerra y no fuera.

Yo una vez tuve una conversación —ahora voy a citar a Fidel—, estábamos en una embajada, creo que en Uruguay, estábamos Fidel y yo, y durante un breve tiempo yo tuteé a Fidel; la mayor parte del tiempo, como es natural, le decía usted, pero en ese momento, no sé por qué, yo lo tuteaba, y surgió el tema de la muerte de Martí —todos los cubanos lo llevamos en el corazón siempre— y dijo Fidel: “Martí no debió haber ido nunca a la guerra.” Yo me quedé empavorecido y le dije: Fidel, la última persona en la Tierra que puede decir eso eres tú, porque si tú no vienes a pelear a Cuba tú no puedes dirigir la Revolución Cubana.

Pero el otro día una amiga me hizo una observación muy inteligente, que posiblemente era lo que estaba en el corazón de Fidel, porque lo que sentía Fidel por Martí era como hacia un padre, porque Fidel no quería que le mataran a su padre.

ER: Quería protegerlo hasta cuando ya no estaba.

RF: Esa debe ser la verdadera razón, porque a Fidel eso le bastó para darse cuenta de que Martí tenía que dirigir la guerra para poder dirigir la república, y él quería que la república naciera de las entrañas de la guerra, como no fue el caso, para nada; la república vino a salir de las entrañas de la guerra en 1959, que se hizo la república que Martí quería.

Bueno, vamos a comenzar entonces. Yo estaba pensando, si a ustedes les parece bien, en lugar de enumerar…, hablar de distintos modos, de distintas cosas.

WR: Una conversación.

RF: Dentro de unos días voy a cumplir 89 años, edad a la que llegaré si los dioses son propicios, porque últimamente me han ocurrido muchísimas cosas.

He visitado países en casi todos los continentes, he vivido en algunos de ellos, aparte de Cuba; he enseñado y aprendido en muchos de esos países también. He publicado más de veinte libros. He conocido centenares de personas, pero nada es, ni desde lejos, tan importante para mí como haber conocido a Fidel, una criatura absolutamente excepcional que, para mí, solo es comparable con Simón Bolívar y con José Martí, esa es la tríada gigantesca de nuestro continente.

Sin embargo, como había una pequeña diferencia de edad entre nosotros, en la universidad donde estudiamos no nos llegamos a conocer, él estudiaba Derecho y yo estudié primero Arquitectura un año y después Filosofía y Letras, ya él era alumno por la libre, o sea, que no asistía regularmente a clases, sino que iba a exámenes, de manera que nos vimos pocas veces, pero nos vimos, incluso pertenecíamos a algunas instituciones: por ejemplo, la FEU tenía un sector favorable a la liberación de Santo Domingo en el Comité Pro Democracia Dominicana, y Fidel pertenecía a este comité.

Había otro comité pro república española y yo pertenecía a ese comité. Lo primero hizo que Fidel se involucrara en lo que iba a ser conocido como la expedición de Cayo Confites y que se sintiera moralmente obligado a participar en esta expedición, que desgraciadamente fracasó. Incluso es famoso que Fidel se tiró al agua y logró salir. Una vez le preguntaron: ¿Es verdad que se tiró al agua? Y dice él: “Bueno, si no me hubiera ahogado.”

Además, pertenecíamos al Comité 30 de Septiembre, que lo presidía el Presidente de la Asociación de Derecho, Baudilio Castellanos, que le decían Bilito, y que después con el tiempo sería abogado de los asaltantes al Moncada, una figura…

Pero a pesar de eso nunca nos encontramos, nunca hablamos cara a cara, cosa que lamento mucho, pero sí lo recuerdo muy bien, y lo he contado. En una ocasión en que los estudiantes habíamos tomado la universidad de La Habana —ya no recuerdo por qué motivo, supongo que para impedir que aumentara el pasaje o algo así— y estábamos merodeando por ahí por la universidad, por la Plaza Cadenas, que ahora se llama Ignacio Agramonte, y en la universidad había un teatro universitario muy bueno que hacía sus representaciones en ese sitio, frente a lo que era entonces la Escuela de Ciencias, montaban una tarima y ahí hacían sus obras. Y parece que había sido el día anterior y no habían desmontado la tarima, y entonces Fidel se encaramó en la tarima. Me impresionó mucho, porque el perfil de Fidel es el perfil de los héroes griegos, es decir, de Aquiles, aquel que aparece en La edad de oro, de La Ilíada, y entonces empezó a hablar: Compañeras y compañeros; empezó a hablar a favor de la toma, y en un momento dado, cuando llega la…, pero en fin, ya era mediodía: “Hace mucho calor aquí, así que yo los invito a marchar todos hacia el Palacio Presidencial a hacer nuestras presiones.” Yo me quedé estupefacto, porque era la primera vez que oía a Fidel hablar y realmente era un orador extraordinario, se llevó a la masa consigo.

Ya después no recuerdo más de Fidel. Bueno, vino lo que vino, la preparación del Moncada, el Moncada, etcétera.

Y al triunfo de la Revolución, yo había pertenecido a un movimiento llamado de Resistencia Cívica, donde mi hermano Manolo tenía un papel muy destacado, ese hermano era íntimo de Camilo, porque éramos del mismo barrio, y nunca se perdonó no haber acompañado a Camilo en la Sierra. Yo le dije: Pero, Manolo, tú hiciste una tarea importante. “Sí, pero tenía que haber estado con Camilo”.

Cuando Camilo bajó de la Sierra fue a ver a los padres, y Manolo, que era íntimo de él, también fue a ver a los padres y se encontraron los dos, y la escolta de Camilo palanqueó para matar a Manolo, porque Manolo se tiró sobre Camilo y Camilo dijo: “No, no, no, es mi hermano, es mi hermano.” Entonces Camilo le pidió que lo acompañara en el ejército, y Manolo se negó porque le había quedado que no había estado con Camilo en la Sierra.

Siempre he pensado —el pensamiento es libre— que a lo mejor si Manolo hubiera trabajado con Camilo, no se hubiera muerto Camilo, a lo mejor hubiera habido alguna voltereta ahí, porque eran hermanos; eran unos locos que de muchachos se metían en la manigua a dispararse perdigones, no era para matar. Alguien me preguntó sobre Manolo, que para mí era mi hermano entrañable, el más brillante, el más romántico de todos nosotros, y yo le dije que cuando lo fueron a procesar para el Partido, un amigo entrañable dijo: Manolo no erraba. Manolo era un rebelde con causa. Y yo le dije, cuando me preguntó sobre Camilo: ¿Y acaso Camilo no era lo mismo, un rebelde con causa?

El caso es que al triunfo de la Revolución yo empecé a conocer a algunos dirigentes. Muy someramente conocí a Camilo, muy someramente, pero conocí más profundamente a Armando Hart que era ministro de educación y a su compañera Haydée…, yo iba a trabajar tan entrañablemente unido a Haydée.

Al triunfo de la Revolución la casa de Manolo fue prácticamente un cuartel del Movimiento de Resistencia Cívica, al punto de que la primera vez que Armando Hart salió de la cárcel y llamó por teléfono, llamó a esa casa y fui yo el que salió al teléfono. Yo hice muy buena amistad con Armando que era una persona extraordinaria. Y pasado el tiempo Armando me nombró en un cargo -en esa época había cargos rimbombantes-, que era director de relaciones culturales con el extranjero, tenía una oficina en el Ministerio de Educación y otra oficina en el Consejo Nacional de Cultura. Y extrañísimamente, para mi gran sorpresa, cuando fui a tomar posesión se apareció Fidel. Que yo recuerde fue la primera vez que lo vi después del triunfo de la Revolución. Me sorprendió completamente. Pero Fidel no se cansaba de sorprender y aparecía en cualquier parte, en un bar, en un taller, en una oficina. Creo que esa fue la primera vez que vi a Fidel.

Después, lógicamente, lo vería muchas veces más, no voy a tratar de enumerar todas ellas, pero voy a tratar de mencionar…

ER: Cuando Palabras a los intelectuales, que usted estaba ahí también.

RF: Claro, cuando Palabras a los intelectuales, que fue en junio de 1961, da la casualidad que yo estaba sentado al lado de donde se paró Fidel a dar su extraordinario discurso, un discurso que sigue siendo una guía; bueno, tú has trabajado sobre eso.

Yo he sugerido en algunas ocasiones una sola cosa: en ese discurso Fidel constantemente está aludiendo a intervenciones de otras personas, hace falta una edición en que se mencione qué es lo que las personas han dicho. Por ejemplo, un escritor católico, Mario Parajón, preguntó qué derechos tendrían los católicos en la Revolución. No sé por qué Lisandro Otero –que se equivocó más de una vez sobre eso- dijo que el que había hablado era Eliseo Diego, que no es verdad, era Mario Parajón. Lisandro también dijo que el primero que habló fue Virgilio Piñera, porque dijo: Voy a empezar a hablar, porque tengo más miedo que nadie. Eso es falso, Virgilio habló mucho después, incluso habló mucho después de mí y me cita a mí en sus palabras.

O sea, hay que, quizás —y a ti te toca eso— hacer otro trabajo político-filológico para rescatar eso tal como fue.

Bueno, el título mismo no se lo puso Fidel y no es un título feliz, no es Palabras a los intelectuales, intelectuales son también los médicos, los ingenieros, los mecánicos, los dentistas; palabras a escritores y artistas, no intelectuales, palabras a escritores y artistas, los que estábamos ahí no éramos ninguna de esas otras cosas que yo mencionaba; éramos escritores y artistas, unos buenos, otros malos, unos excelentes y otros peores, pero todos escritores y artistas.

Valdría la pena, aunque me estoy saliendo de la conversación, hacer una edición rigurosa de esas palabras que fueron realmente la guía de nuestra vida cultural hasta que llegó el llamado “Quinquenio gris”, que fue la traición de esas palabras de Fidel; hasta que nombraron ministro de Cultura a Armando Hart no se retomó el espíritu de esas palabras y continuó la línea, que yo encuentro magnífica, de la vida cultural de la Revolución Cubana. Lo que no quiere decir que no hayamos cometido errores. Pero es así.

Otros encuentros con Fidel. He adelantado que en dos ocasiones me invitó a que lo acompañara a la toma de posesión de dirigentes latinoamericanos, una vez en Brasil y otra en Venezuela. En Brasil recuerdo, particularmente, la brillantez de sus palabras, porque un politicastro español que no voy a nombrar, había dicho ya en el momento de la debacle del campo socialista, etcétera, que Cuba tenía que cambiar, que Cuba tenía que cambiar como cambiaron los demás países llamados socialistas o de lo contrario íbamos a ser como Numancia. Numancia es una pequeña ciudad española –Maguncia y Numancia- que combatieron a los romanos hasta la muerte, se dejaron asar, o sea que lo que decía este politicastro, llamado Felipe González, que si no hacíamos lo que él nos sugería, nos iban a matar a todos.

Entonces Fidel, con su prodigiosa inteligencia y su prodigiosa erudición dijo: No, si tenemos que hacer como Numancia, seremos Numancia a mucha honra, pero nuestra esperanza es ser como el pueblo español, cuando a principios del siglo XIX combatió contra las tropas napoleónicas y las venció; si no fuera por eso, ahora estarían hablando francés. Yo me quedé boquiabierto, realmente era de una inteligencia deslumbrante.

En vísperas de ese viaje a Brasil, los que lo íbamos a acompañar no estábamos con él, estábamos en un local más o menos resguardado y alguien vino a decirme: Fidel te ha nombrado. “¿A mí?” Dice: Sí, dijo: “En la delegación va a ir con nosotros el Quijote cubano.” En lo adelante me siguió diciendo el Quijote.

Pero un tiempo después, precisamente en casa de Armando Hart, estaba Fidel con una serie de invitados extranjeros, y estaba Raúl, y Fidel se dirigió a mí y le dijo a Raúl: “¿Qué te parece, Raúl, el Quijote cubano?.” Dice Raúl: “No, Fidel, él no quiere ser Quijote, él quiere ser Cervantes”. Yo no pensaba que Raúl tuviera ese grato ingenio y en lo adelante Raúl me dijo Cervantes, nunca me dijo Quijote.

Bueno, en el viaje a Venezuela hablamos de muchas cosas, tuvo la gentileza de preguntarme qué tal había estado él. Estuvo, desde luego, muy bien aquí o allá.

En un momento dado una periodista norteamericana le hizo una pregunta tramposa, a la cual Fidel respondió como solemos responder nosotros, los varones cubanos, con cierto rasgo machista, que eso tú sabes que para las feministas es fatal y para las feministas estadounidenses, mortal. Me dijo: “¿Qué te pareció mi intervención?” “Bueno, Comandante, me pareció muy buena, pero debo decirle –esta es mía- que la periodista lo entrampó y le hizo una pregunta a la que usted respondió como hubiera respondido yo como machista”, y él no dijo nada. Pero cuando en Cuba se pasó el documental, no estaba esa parte. O sea, por esas y muchas otras razones es que Fidel sí aceptaba críticas, sí aceptaba comentarios que no siempre coincidían con los suyos.

Yo, por lo general, estuve ciento por ciento de acuerdo con él y así se lo dije; pero en alguna ocasión que acabo de mencionar, en que le hice alguna sugerencia, él era sensible a esa sugerencia. Así que cuando yo oigo decir que Fidel no admite la crítica, no puedo aceptarlo. Yo creo que él sí aceptaba la crítica; por supuesto, había que saber hacérsela, había que ver la ocasión en que se hacía. Mil cosas sabía, como es natural; pero Fidel, por lo general, aceptaba grandiosamente…, también era sensible a alguna crítica.

En otras ocasiones, saltando así de palo pa’rumba, cuando murió Haydee, Fidel tomó la costumbre de invitar al Palacio de la Revolución, a principios de año, a los miembros del jurado del Premio Casa de las Américas y estuvo haciéndolo durante muchos años. Y, claro, a mí me correspondía presentarle a ese jurado, así que teníamos una relación on él muy estrecha, y él era de una generosidad con ese jurado, les contestaba, a todos les preguntaba, se pasaba hasta la madrugada hablando con ellos. La capacidad de persuasión, la capacidad de bondad de Fidel era infinita.

Continúa en Fidel, una criatura excepcional (Segunda Parte)

Por: Elier Ramírez Cañedo, Wilmer Rodríguez Fernández (Tomado de Cubadebate)

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