Ya les saludo y les comento que hablando de opciones de ocio sano sigue siendo el malecón habanero una de las más concurridas por el cubano de fila, residente o visitante. Ya sea como pista para correr, como plataforma de pesca, como lugar de citas pata enamorados o sencillamente el lugar a donde ir a refrescar en las noches ardientes del verano omnipresente de Cuba, el muro del malecón se ha convertido en un símbolo insular difícil de superar por el Capitolio o por la Giraldilla de Jerónimo Pinzón en sus alturas.
Escenario de momentos memorables de la historia nacional es el muro del malecón en todo su magnetismo asiento para miles de posaderas y tránsito obligado para otros millares de paseantes. Allí lo humano y lo divino, el buscador de aparentes fortunas, el extranjero trasnochado, el vendedor ambulante, la familia, el pescador, los enamorados, los más jóvenes aún y el mar de un lado y la ciudad del otro.. Protagonistas cada día de una diversidad humana casi absoluta que es por supuesto nuestra diversidad como cubanos.
El malecón es ya un fenómeno social en el que valdría la pena pensar como el escenario cotidiano del esparcimiento masivo, no solo en fechas señaladas, con algunas ofertas en moneda nacional a precios más accesibles que los de los vendedores por cuenta impropia que pululan por allí con su única opción de fiambre o golosina. Puede ser un sitio aún más agradable para las noches de estío.
Autor: Pedro López Cerviño















