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Henrrietta viene de Las mil y una noches

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Sumario: La señora Josephine Henrrietta Pryce-Gregory es la secretaria de la Casa Don Fernando Ortiz y se convirtió en una personalidad para los jóvenes de la Universidad de La Habana por las maltratos con los que sorprende a todo el que va en busca de información académica. A pesar de eso, Henrrietta alega amar a la juventud cubana.

 

Texto y Fotos:

Lixandra Esthefany Díaz Portuondo, estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

 

El escenario es siempre el mismo, la mesa situada a la entrada de la Casa Don Fernando Ortiz, en el Vedado. Allí espera sentada Josephine Henrrietta Pryce-Gregory para sorprender con bienvenidas personalizadas a todo el que visita la Casa. Por esto se ha convertido en un personaje para los jóvenes de la Universidad de La Habana (UH).

-¡Buenos días! Estoy en primer año de Filosofía y necesito hablar con un historiador para hacerle una entrevista.

-¿Primer año? ¿Quién le dijo a usted que con solo tres meses en la universidad puede entrevistarse con una personalidad? Usted es un creído y un falta de respeto. Esta juventud está equivocada. No tienes la capacidad para solicitar a una figura tan relevante.

El muchacho estuvo unos minutos estático como quien se pregunta ¿qué he hecho mal?, ¿soy un inútil?, ¿dije algo inadecuado? Todo a la vez. Dudo que haya encontrado respuestas, al menos razonables. No las hay.

-Compañera, yo lo necesito con urgencia y me dijeron que este es el lugar indicado.

-Suba al segundo piso, a la izquierda está el departamento de historia. Mire a ver si lo quieren atender. El joven se levantó molesto y subió las escaleras.

“Buenos días, tome asiento”. Así me recibió la señora Josephine Henrrietta Pryce-Gregory minutos después, extrañamente había aceptado que la entrevistara una estudiante de primer año de Periodismo. Después de sentarme aclaró: ”Le voy a decir una cosa, yo esto lo he consultado. Le doy a usted cualquier dato histórico, pero no una entrevista a Henrrietta. No quiero salir en ninguna parte”.

La conversación no fue fácil, pero reveló detalles interesantes sobre Josephine, una anciana de poco más de metro y medio, piel negra y peluca opaca. Ojos embutidos por los párpados, nariz pequeña, boca pronunciada por sus labiales rosados o rojos, manos finas y uñas largas. Viste siempre de época, se tambalea al caminar y habla mucho aunque la mayoría de las veces, protesta. Tenía mil y una historias para contar, personajes que interpretar, y un por qué de su forma de actuar que no la justifica pero da señales de cómo llegó hasta allí.

Se define como una mujer multifacética y entre sus pasiones está el diseño de modas e interiores. Recuerda los años que estudió la carrera en la Universidad Politécnica Ignacio Agramonte de Camagüey. Eso explica su estilo singular en el vestir. Usa sayas largas hasta los tobillos, medias, blusas de mangas y hasta chalecos, sin importar la estación del año. A pesar de ello no asiste a los eventos de modas, pues, las nuevas tendencias escotadas y con brillos no le agradan. Prefiere mantener su “elegancia” peculiar.

Habla de su natal Camagüey y se le desprende el alma. Allí dejó parte de su vida, estudió en la escuela de monjas de las hermanas Oblatas (razón por la cual es una mujer muy recatada). Poco después, participó como integrante del Directorio Revolucionario en el velorio simbólico a Rubén Batista, primer mártir de la clandestinidad, y fue fiel a las tareas encomendadas por la organización en su región. “Yo soy revolucionaria. Dediqué toda mi vida a la Revolución, desde los cuatro años, four years old”- insistió. Luego aclaró que a partir de esa edad iba con su padre a las marchas revolucionarias.

La pasión por Cuba, la admiración y el respeto hacia cada uno de sus héroes la hicieron ponerle a su único hijo José Antonio, como el conocido mártir José Antonio Echeverría. Le resulta un tema sensible, pues, por desgracia, lo perdió siendo aun muy joven. Vive orgullosa de que haya sido un muchacho de bien pero le quedaron muchas cosas por decirle, por enseñarle. Desde su fallecimiento la vida le dio un vuelco y ahora lo carga a las espaldas como a otro de sus personajes.

Amén de las tristezas, aprovechó su juventud para aprender varias profesiones. En una oportunidad estudió museología en la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, cuando el centro histórico estaba aun en sus cimientos. Disfrutó cada conferencia sobre la conservación del patrimonio y los años de surgimiento de la Oficina. Su versatilidad no termina, también hace referencia a su verdadera vocación, la de enfermera geriatra. Expica que la ejerció después de 1959 y contribuyó con ello a mejorar la salud en el país.

Años después encontró en La Habana un espacio para brindar sus experiencias: la Casa Don Fernando Ortiz. Hoy es la responsable de velar por el reglamento de la Casa y de la UH. “Nunca he tenido problemas con ninguno”, afirma cuando le preguntan por su relación con los jóvenes. Según la señora Pryce-Gregory, es amiga de muchos universitarios y los hace reflexionar. Entonces cuenta la anécdota de unos días atrás, cuando recibió ayuda de un muchacho al que le aconsejó fumar solo donde hubiera ceniceros, cuando estudiaba en la universidad. La vio por las calles del Vedado, la montó en su carro y le contó que ahora defiende a su patria en una misión en Europa.

Le gusta que las personas prosperen como lo hizo ese muchacho, por tal razón, planea quedarse recibiendo a la juventud cubana para aportarle sus experiencias, a pesar de los achaques que le han regalado sus setenta años. “Soy invitada a sus tesis, bodas y otras fechas importantes”. Cuando dice esto con tanta delicadeza, no se sabe si se habla con la secretaria exigente o con la refinada diseñadora que también se dice conocida por Eusebio Leal y Miguel Barnet.

 Cambia el tono de inmediato: “Y no tengo más que decirte. Terminé mi entrevista. ¿Qué más ibas a preguntarme? Por cierto, también estudié periodismo”. Calmó sus ansias y aprovechó este punto en común para aconsejarme que el buen periodista debe asistir a todas las convocatorias dentro y fuera de la universidad, concurrir a todos los espacios que le aporten culturalmente. Ella misma concluyó el diálogo, me acompañó a la entrada y regresó al lugar de siempre: la silla tras la mesa grande y de madera oscura que nos recibe en la Fernando Ortiz.

La encontrarás allí, en ese buró, en las fiestas de los museos, la UNEAC o la Casa de Las Américas. En cualquier ocasión podrás saludarla, Henrrietta Pryce-Gregory dice que ama a los jóvenes universitarios cubanos. Su respuesta solo dependerá de si está en paz o guerra su mundo interior, de las preocupaciones, lo tranquilo o inquieto que sea el día de la estudiante monja, la combatiente de acción del Directorio Revolucionario, la madre desafortunada, la diseñadora, la museóloga de la historia de Cuba, la enfermera de los ancianos, la periodista cultural y la secretaria exigente de la Fernando Ortiz. Su mundo cambia y quien da los buenos días puede variar.

La señora Josephine Henrrietta Pryce-Gregory es la encargada de recibir en la Casa Don Fernando Ortiz a las personas que necesitan la explicación de un historiador o algún otro dato relacionado con la materia.

Henrrietta es un personaje para los jóvenes de la Universidad de La Habana. Ganó este reconocimiento por las bienvenidas personalizadas con que sumerge en estado de shock a todo el que visita la Casa Don Fernando Ortiz.

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