Para los científicos, un tornado es una masa de aire con alta velocidad angular; su extremo inferior está en contacto con la superficie de la Tierra y el superior con una nube cumulonimbus o, excepcionalmente, con la base de una cúmulus. Pero para los habaneros de los municipios de Cerro, Diez de Octubre, San Miguel del Padrón, Regla, Guanabacoa y La Habana del Este, un torbellino con tanta furia es, sencillamente, una carga que no solo llevarán en estos días de congoja y solidaridad, sino que arrastrarán por siempre como pesado fardo de imágenes sombrías en cada recuerdo.
Disciplinado al cumplir la trayectoria elegida –20 kilómetros en unos 20 minutos, según estableció el Doctor José Rubiera en entrevista al diario Juventud Rebelde, desde el Casino Deportivo, en el municipio de Cerro, hasta Berroa, en el de La Habana del Este-, pareciera que el fenómeno se empeñó en emular el trazo de la Vía Blanca para darle alcance a esta a cualquier precio, y dejar a su paso dolor en miles de personas por el macabro desalojo, así fuera el mejor techo, justo cuando el gobierno cubano se ha empeñado en hacer lo imposible para construir viviendas como nunca antes ha podido.
Hoy no son pocos los que quieren volver al confort de sus hogares, como mismo Dorothy Gale cuando su casa fue arrancada por un tornado con ella dentro y fue a parar por los aires al país de Oz. Para poder retornar a su granja en Kansas, ella debió sortear numerosos contratiempos junto a sus necesitados amigos en busca del mago, el único que podría concederle el deseo de regresar.
Digamos que el único tornado conocido con fuerza destructora similar al de La Habana, fue el ocurrido el 26 de diciembre de 1940 en Bejucal, a unos 20 kilómetros de la capital, un categoría F4 con un ancho aproximado de 400 metros y vientos estimados de 350 kilómetros por hora. El poblado fue arrasado y, con este, la vida de 13 lugareños. Décadas después, el 16 de marzo de 1983, un brote de tornados en Mariel, del cual se formaron siete a la vez, dejó varias personas fallecidas. Otros dos F4 pasaron a la historia por flagelar a los poblados de Pedroso, en Matanzas, y de Cruces, en Cienfuegos, con apenas 24 horas de diferencia, en mayo de 1999.
De La Habana, conserva amarillentos papeles el profesor Luis Enrique Ramos Guadalupe, coordinador de la Comisión de Historia de la Sociedad Meteorológica de Cuba: De uno surgido el 6 de junio de 1929, en Arroyo Naranjo (los daños delataron una gran intensidad); del ocurrido el 19 de julio de 1930 en el Cerro; y 20 años después, del 2 de julio de 1950, otro en San Miguel del Padrón. El 31 de agosto de 1961, dicen los archivos, bailó un polvoroso trompo en el actual municipio de Plaza de la Revolución.
En general, la historia vernácula no tiene mucho linaje. Algún que otro rabo de nube con limitado impacto –no mucho más–, pero suficiente para ser recordado. Sobre todo si está en el fabulario de un ojoso guajiro, que asegura puede cercenarse el tobillo del tubo ventoso con un machete, o cortarse, como si fuera el hilo de un globo fiestero, con unas centelleantes tijeras de barbero.
La ley del embudo pone la carne de gallina
Aún recuerdo una especie de muelle cónico dibujado en el pizarrón: El chirrido de la tiza erizaba la piel como solo saben hacerlo los tornados. Así aprendimos en clases que este “resorte” hace de las suyas durante corto tiempo (desde segundos hasta más de una hora) y con poca extensión, pero desborda una intensidad inusitada. Es este tipo de tormenta local severa, a no dudar, el fenómeno atmosférico ciclónico de mayor densidad energética de la Tierra, si acaso superado por hipotéticas explosiones nucleares.
Nos es familiar su imagen en forma de una nube embudo, cuyo extremo más angosto toca el suelo y suele estar rodeado por una nube de desechos y polvo, al menos en sus primeros instantes. Así recordaremos también el tornado habanero, según la secuencia filmada con inusitado aplomo por un aficionado de Diez de Octubre.
Pero no siempre adquiere esa peculiar forma; también varía su tamaño. La mayoría cuenta con vientos que llegan a velocidades de entre 65 y 180 kilómetros por hora, mide aproximadamente 75 metros de ancho y se traslada, raudo, varias millas. Pero los más soberbios pueden girar a 450 kilómetros de velocidad o más, medir hasta dos kilómetros de ancho y permanecer tocando tierra a lo largo de más de 100 kilómetros de recorrido.
Son más frecuentes en las zonas llanas y alejadas de las costas y se reportan fundamentalmente entre marzo y septiembre (los más destructores, en el cuatrimestre de marzo a junio).
Cuentan que el Tornado triestatal de 1925, a pesar de no ser el más mortífero de la historia –clasifica como tercero, con 750 fallecidos–, duró 3,5 horas y creó otros adicionales el 18 de marzo de ese año. Por el nombre, se puede pensar que este EF-5 solo afectó tres estados de la Unión norteamericana, pero en verdad afligió a siete, una vez que los pequeños tornados se separaron del principal, causante este de la mayoría de las víctimas. Empezó en Missouri, se movió por Illinois y acabó en Indiana, pero los ramificados golpearon Alabama, Tennessee, Kentucky y Kansas.
Si de corolario mortal se trata, ninguno supera al de Daulatpur-Salturia, en el distrito Manikganj, en Bangladés, el 26 de abril de 1989. En cuestión de minutos, cobró la vida de 1 300 personas, justo cuando la zona sufría una sequía que ya duraba seis meses. Este factor, según los expertos, intensificó la dureza del suceso.
El villano atmosférico destrozó todo lo que halló en un área de 1.6 kilómetros cuadrados –a ojo, el tamaño del propio evento–, dejando alrededor de 12 000 personas heridas y unas 80 000 sin hogar. No obstante, su clasificación fue de apenas EF-3.
La causa de un tornado radica en el encuentro de dos masas de aire de distinta temperatura que, atrapadas en un clima de tormenta, oscilan alrededor de un eje común. Estas masas se empujan entre sí y ganan, con cada giro, mayor velocidad angular, hasta construir un verdadero espiral de viento que succiona todo (a veces, sólidos inmuebles y árboles), lo eleva hacia la atmósfera o lo envía volando en cualquier dirección como un proyectil, bien lejos, a kilómetros de distancia. Por si fuera poco, lo acompaña una tormenta de lluvias intensas, granizo y vientos huracanados.
Entonces solo resta rezar para que no adquiera más energía y no dilate su duración, factores que aumentan su poder devastador.
¿Un callejón caribeño?
Freudianamente hablando, tal vez nadie en Cuba tenía latente en su subconsciente semejante turbión, como sí Silvio Rodríguez.
“El aire toma forma de tornado y en él van amarrados la muerte y el amor. Una columna oscura se levanta y los niños se arrancan los juegos de un tirón”. Así lo evocó Silvio en su canción Preludio de Girón. Incluso confesó que podía pedir como deseo un rabo de nube. Pero seamos justos: no se refería al del pasado 27 de enero.
Los tornados son una rareza en el área del Caribe, mas pueden formarse en el archipiélago cubano por encontrarse este a tiro de portería, en el límite norte de la zona tropical.
Por el contrario, en Estados Unidos se presentan más que en cualquier otro país –unos 1 200 anuales–, cuatro veces más que en toda Europa. Esto se debe, ante todo, a la geografía de América del Norte, relativamente grande entre la zona intertropical y las áreas árticas, sin cadena montañosa importante que vaya de este a oeste y que bloquee el flujo de aire entre las dos zonas. Esta topografía única provoca muchas colisiones de aire cálido con frío.
Gran parte de estos se forman en el centro de esa nación, entre las montañas Rocosas y el golfo de México, área conocida como Tornado Alley (“Callejón de los Tornados”, desde el inglés, idioma que hoy devuelve el término “tronada”, rumiado del castellano).
Menor, pero bastante importante, es la formación de estas mangas en el Pasillo de los Tornados, que abarca, en el hemisferio austral, la mitad norte de Argentina, el sudoeste de Brasil, el Paraguay meridional y la totalidad de Uruguay.
Cuando se forma una baja extratropical invernal en el golfo de México y un frente frío avanza hacia el occidente de Cuba, si por delante del mismo llega un flujo de aire húmedo y cálido del Caribe, esta situación provoca una gran inestabilidad, condición necesaria para que se forme una arremolinada chimenea.
Caprichosamente, pues, se da un escenario algo similar al de los tornados en el Medio Oeste norteamericano, el mismo que propició los torbellinos de La Habana, Bejucal y Mariel, un contexto imposible en las islas más al sur y al este en el Caribe.
Aunque infrecuentes, se dan más tornados en el verano, especialmente en las llanuras de las Antillas Mayores. A partir del mediodía, las nubes comienzan a crecer por el calentamiento del aire superficial, crecen hasta alcanzar grandes alturas y producen una tormenta eléctrica. Esta situación puede incrementarse bajo la influencia de una onda tropical o algún ciclón tropical.
En determinadas condiciones, se puede generar una gran inestabilidad y convertirse en una tormenta local severa. Junto a una lluvia intensa de corta duración se producen vientos fuertes, granizos y también, ocasionalmente, tornados.
Este peligro es casi inexistente para el arco de pequeñas islas antillanas; aunque raras, son más frecuentes las trombas marinas allá, muy parecidas a los tornados pero formadas en el mar. Son como si sensuales labios de una nube mulata absorbieran un digestivo coctel oceánico con una pajilla. Estas mangas de agua suelen ser más débiles, pero a veces van a tierra con malas pulgas.
También surgen tornados en los ciclones tropicales de cualquier tipo, principalmente huracanes, al estar en la periferia y dentro del cuadrante derecho de estos, en el sentido de su traslación.
Se dice que pueden producirse decenas de tornados en un huracán, clandestinos en su interior y silenciados por el rugido de los vientos. La destrucción que provocan en algunas zonas puede ser mucho mayor que la que podría haber ocasionado el propio meteoro. Este riesgo, sin dudas, es común para todo el Caribe.
Por: TONI PRADAS
Fuente: Revista Bohemia
Editora: Redacción Digital Habana 500
















